He recibido un regalo de un reciente desconocido, que cada vez lo es menos, para mi fortuna.
La belleza crece y se esponja cuando se comparte. Las palabras curan, alimentan, reconfortan si les dejas. Son poderosas, y éstas están llenas de vida.
Disfrazaos de sujeto de todas las oraciones y dejáos impregnar hasta la médula. Los más olvidadizos, tatuáos hasta las comas en el dorso de las manos. A mi vuelta, buscaré en el brillo de los ojos de aquellos a quien quiero, tanto respeto y orgullo de sí mismos como el que destilan estos versos.
Yo me celebro y yo me canto
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.Indolente y ocioso convido a mi alma,
Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.Mi lengua, cada átomo de sangre, hechos con esta tierra, con este aire,
Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,
Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,
Y espero no cesar hasta mi muerte.Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás; me sirvieron, no las olvido;
Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,
Naturaleza sin freno con elemental energía.
(Walt Whitman, Canto a mí mismo. Canto I)






