A lo largo de su vida, mi abuela ha hecho saltar por los aires infinitas veces los pilares de la física elemental. La ley de la impenetrabilidad de los cuerpos no tiene secretos para ella, y a fuerza de años y experiencia, a base de buen juicio y sensatez, ha logrado ser más grande por dentro que por fuera.
Ella es fuerte, con la fortaleza de quienes asumen de antemano que la vida es corta pero muy ancha, y en cada esquina te pone a prueba. Es fuerte, pero la fortaleza sin sensatez no es mas que obstinación tozuda, y ella es equilibrada, con esa sensatez aprendida a fuerza de comprobar una y otra vez que la vida te da oportunidades, pero a ti te toca mantenerlas vivas dia a dia.
Educó a sus seis hijos en la creencia de que la vida es ancha, pero también es única, y hay que disfrutarla con mesura y los límites justos. Enseñó a sus hijos a tener mesura, pero también a comerse la vida con gula, porque la sensatez sin pasión no es mas que templanza, y eso no calienta el alma. Los hizo grandes por dentro y por fuera, grandes por dentro igual que ella; grandes por fuera como el contrapunto perfecto de una mujer cada vez más amplia de miras y más reducida de esqueleto. No entiendo como cabe alguien tan grande en un cuerpo tan pequeño.
Mi abuela revienta en bloque las leyes de la física cada vez que me dice “hola, chica guapa”. La muy relativa.