Archivos para Abril 2007

20
Abr
07

De mi propia sangre

A lo largo de su vida, mi abuela ha hecho saltar por los aires infinitas veces los pilares de la física elemental. La ley de la impenetrabilidad de los cuerpos no tiene secretos para ella, y a fuerza de años y experiencia, a base de buen juicio y sensatez, ha logrado ser más grande por dentro que por fuera.

Ella es fuerte, con la fortaleza de quienes asumen de antemano que la vida es corta pero muy ancha, y en cada esquina te pone a prueba. Es fuerte, pero la fortaleza sin sensatez no es mas que obstinación tozuda, y ella es equilibrada, con esa sensatez aprendida a fuerza de comprobar una y otra vez que la vida te da oportunidades, pero a ti te toca mantenerlas vivas dia a dia.

Educó a sus seis hijos en la creencia de que la vida es ancha, pero también es única, y hay que disfrutarla con mesura y los límites justos. Enseñó a sus hijos a tener mesura, pero también a comerse la vida con gula, porque la sensatez sin pasión no es mas que templanza, y eso no calienta el alma. Los hizo grandes por dentro y por fuera, grandes por dentro igual que ella; grandes por fuera como el contrapunto perfecto de una mujer cada vez más amplia de miras y más reducida de esqueleto. No entiendo como cabe alguien tan grande en un cuerpo tan pequeño.

Mi abuela revienta en bloque las leyes de la física cada vez que me dice “hola, chica guapa”. La muy relativa.

20
Abr
07

La nitida rayita rosa

Hace tres semanas que sueño con una línea de color rosa chicle, breve y nítida como un brochazo perfecto. Su textura es lisa, sus bordes rotundos y bien definidos: la línea por excelencia. Si fuera mas larga, las madres de todas las niñas del mundo harían lacitos en las coletas de sus hijas con imitaciones en tela de raso de la línea que me obsesiona.

Los chicles de fresa de mi infancia tuvieron ese color, ese brillo esponjoso de plastelina jugosa y sabor imposible. Tras un ratito de muelas y globitos la textura perdía consistencia, dejando en su lugar un amasijo compacto e insípido, perfecto candidato a adornar la suela de cualquiera. El color, sin embargo, perdía menos carácter.

Chicles de frutas, pastelitos envueltos en celofán, las camisetas de esas niñas tan repipis que nunca me cayeron bien, el mismo color desvaído en las camisas de esos chicos que nunca me hicieron estremecerme. Rosa chicle. El color que, a una morena tan rotunda como yo, siempre le proporcionó un vago aspecto de caricatura, el color incombinable para alguien incapaz de ponerse unos vaqueros con soltura, esa prenda recia y tan poco acogedora asumida sin condiciones como el uniforme universal. Vaqueros de marca, vaqueros de diseño, vaqueros de mercadillo, vaqueros rotos, pintados, recosidos, con adornos, con tachuelas, parcheados, con campanas, el maravilloso mundo de los vaqueros y las camisetitas, la antítesis de mi propia vida.

Llevo media vida desdeñando los vaqueros y el rosa chicle, sin más razones aparentes que el tan subjetivo criterio estético, pero hoy por hoy conozco una razón nueva para detestar ese tono tan artificial y cursi.

Hace tres semanas que deberia haberme bajado la regla. Tengo las tetas como dos melones y una tranquilidad de espíritu… que doy miedo.

Lo mejor de todo, la carita del mono.