Cuando las cosas vienen bien dadas, es importante ser rápido de reflejos y escaso de memoria. Ágil de reflejos para apresurarse a colocar las neuronas en posición hedonista, para beberse a morro el regalo que la vida nos ofrece por sorpresa y por la cara, sin hacer preguntas ni plantearse fechas de caducidad. Parco en memoria para desnudar la situación de los matices que la envenenen y obviar el montón de asuntos pendientes que nos mira desde la agenda con cara de “ya te pillaré en cuanto bajes la guardia”. La felicidad se compone de pequeños destellos coleccionables que la vida te entrega por fascículos, aunque en esto no hay un quiosquero que te guarde la suscripción y es necesario actuar como la cigarra de la fábula: si la vida se deja, yo le meto mano.
Sin embargo, como bien recalca el mono, una vez consumido el primer borbotón de felicidad, apurado hasta el fondo y grabado a fuego en el cielo de la boca para poder saborearlo con retroactividad, es también importante comportarse como la hormiga del mismo cuento, y tener claro que el destino posee tantas caras como el dado del juego de rol mas complejo que se pueda concebir. Las semillas de la felicidad caen directamente del cielo, pero hay que saber cultivarlas con la dedicación y la destreza de un jardinero experto. Ya sea en forma de parásitos externos, de sequía en el cariño o de falta de luz en la mirada, hasta la felicidad más sólida en apariencia se vuelve de cáscara de huevo si te confías cuando no debes.
La solución está, como siempre, en el equilibrio. Por la cuenta que me trae, me voy corriendo a instalar un cable de acero de lado a lado del salón para ir practicando cómo atravesar la cuerda floja con colchoneta debajo, antes de que me cambien la tensión sin avisar y me caiga de morros al primer intento. La pinta que podría tener despatarrada y con tutú puede ser de órdago.
Besoabrazochillao.