Si mereciese la pena evaluar la vida en bloques anuales
(añonuevovidanueva, si logras sobrevivir a la vorágine de felicidad navideña y al consumismo desaforado, pero esa es otra historia y debe dar carnaza para otro post o quedarse calladita en el limbo de las cosas insinuadas y no dichas)
podría concluir sin temor a equivocarme que el dosmilsiete ha sido, simplemente, un bonito paquete de desastres con flamante lazo rojo y apestoso olor a mala digestión en cuanto deshacías el nudito.
Enfermedades, disgustos, desgracias, casualidades terribles, incomprensión, malas noticias. El perfecto prototipo de etapa de mierda de duración anual, tanto para mí como para un gran número de aquellos a los que quiero.
Me apetece enviar a mi gente una caricia, reconfortarles de algún modo, arrancarles una sonrisa, pero son muchos, están demasiado dispersos como para quedar de golpe con ellos, y no me apetece sumarme al carro de los mensajitos de móvil o los correos masivos, deseando con más o menos salero que la felicidad plena y la paz intrínseca se instalen inmediatamente en sus vidas.
De forma que se me ha ocurrido una idea: buscar una pared cualquiera, coger carrerilla desde lejos y estamparle la palma de la mano.

Sin bajar la mano, haré una lista de todo lo que ha ido mal este año, de las personas a las que quiero y que están cansadas, deprimidas, preocupadas o tristes. Me acordaré del coche de Claudia y de la ansiedad de Dora; de las dudas de Bea, de la tristeza serena de Kike, de la decepción arrasada de Elena y del inmenso dolor del mono. De ese, sobre todo. También pensaré en la constancia y la fé de Mundi, en la valentía desesperada de Ear, en la luz que empieza a brillar poquito a poco en los ojos de Pavek, de Rasca y de Pica, y sonreiré un poco.
Han sido muchos, demasiados, y tardaré un ratito en enumerar a tantos como se han caído de culo a lo largo de este año: a los que aún no se han levantado y a los que ya caminan poco a poco, vacilantes y asustados aún pero ya en marcha; recordaré tantas y tantas situaciones en las que hubiera querido estar, en las que deseé tener fuerzas para intervenir, para calzarle dos hostias con la mano abierta a quien les estuviera haciendo daño y gritarle a la cara: los míos no se tocan. Hijoputa.
De forma que, cuando acabe, haré lo único que está en mi mano hoy por hoy para salvarles. Mirar para atrás y gritar bien alto:
Por mi, por todos mis compañeros y, por mi, primero.
Os quiero y os necesito mucho, estupendos.