… y los ojos como platos. El viejo vicio de ordenar el día dando vueltas en la cabeza, una contractura en el cuello que me quita concentración, la sensación de que mi cuerpo es algo ajeno que me rodea pero no me pertenece. Un montón de ropa por doblar y ordenar, un montón de folios por estudiar, una docena de kilómetros por trotar, un chorro de palabras por transmitir sin urgencia alguna. Una jornada más por delante.
Nunca he sabido sobrellevar con paciencia las épocas de cambio.
Tengo ecos de primavera en el centro de las articulaciones, me voy desperezando lentamente, a ratitos, y aún no sé qué hacer con la energía que empieza a recorrerme las decisiones. La ausencia de ansia por comerme un martes vulgar me desconcierta.
Dos botes de gel me miran fijamente desde la encimera del baño, tres cactus vegetan en el mismo macetero, un enorme aparato de aire acondicionado me habla del calor que vendrá dentro de poco, me recuerda que aún no sé qué haré con él ni dónde lo disfrutaré. Me recuerda que tengo muchas opciones, todas las del mundo para elegir, demasiadas para las que hubiera deseado.
El montón de folios se ofrece como pasatiempo. El trabajo pendiente compite con los folios. La ropa arrugada y el polvo de las estanterías pide turno apelando a una verguenza doméstica que estoy lejos de sentir. Ninguna de estas opciones me calienta los huesos.
El domingo me voy a bucear a Almería durante cuatro días, y ya le pueden ir dando mucho al trabajo, a los folios, a la ropa y al polvo acumulado, a las multas pendientes de pago, al impuesto de circulación y a la declaración de la renta que se avecina, a la falta de pasión y a la estabilidad emocional que tanto anhelaba y con la que no sé qué hacer ahora que la he conquistado. Me voy a bucear, a sumergirme en mitad de un mar turístico. Me llevo dos ordenadores, dos bikinis, un cepillo de dientes y la promesa de mi banco de que tendré disponible a tiempo una tarjeta de crédito a la que prender fuego.
Hablando de pasta, si las cosas siguen como hasta ahora, creo que en pocos años me quito de en medio la hipoteca. He debido hacer mal los cálculos, porque me salen menos años de los que pensaba, milagros de la amortización de capital y mierda de bancos.
Otros planes pendientes: una obra de teatro, un concierto en breve y otro a medio plazo. Una película interesante que la cena de ayer me impidió ver.
Ropa por doblar, ropa por estrenar, gente por conocer, exámenes por realizar, facturas por cobrar, kilómetros por correr, pruebas por entrenar, cervezas por beber en tantos bares. Las drogas que ya no consumiré, la gente a la que ya no quiero ver, las estupideces que ya no haré, las tonterías de las que ya no hablaré, la desorientación que quise eliminar y sigue ahí, la muy puta, inasequible al desaliento.
Y nadie a quien echarle la culpa de todo esto.