+++ Tras quitar kilos y kilos de mugre de mi nueva casa, noto que las paredes se sienten desnudas y tiritan de frio: la porquería abriga, y la echan de menos. El horno ha ganado varios cm. cúbicos de capacidad, a cambio de unas severas agujetas en los antebrazos del minero aficionado que pasó la tarde de ayer horadando sus paredes: si nos llega a pillar algún geólogo, nos hubiera parado la operación hasta verificar si algún estrato de grasa sólida pudiera tener interés científico por antiguedad o por contenido.
Siempre me ha llamado la atención la tolerancia humana hacia la porquería que les rodea. Personalmente, no me molesta limpiar (la paliza de ayer es jugar en otra liga muy superior) porque disfruto de vivir en un entorno limpio, aunque obviamente preferiría dar un paseo a caballo o tomar el sol en cualquier playa con un mojito en la mano, antes que empuñar un trapo para quitar el polvo. Hasta ahí, de acuerdo. Sin embargo, cuando el polvo o la suciedad superan un determinado límite, empiezo a sentirme incómoda.
Detesto estar incómoda en mi casa.
Ayer, mientras frotaba, aproveché para reflexionar sobre el porqué de dicha incomodidad, y concluí que no deja de ser otro resabio de niña pija. He vivido en una okupa donde la limpieza era cuestión de fuerza de voluntad y mucha manga ancha. También viví en la llamada Maison du bonheur, dos apartamentos enormes en tal estado de destrozo que fueron demolidos apenas unos meses después de nuestra marcha, en los cuales Javi y yo logramos crear un ambiente acogedor, divertido… y con la pulcritud justita. Entonces, por qué este rechazo a la menor aparición de grasa, mugre o suciedad ahora que vivo en una bombonera con todas las comodidades?
Pues porque puedo. Simple y llanamente.
Tanto en la okupa como en la Maison du bonheur, viví cómodamente al límite de las posibilidades de higiene y orden que esos lugares permitían. Si había que arrancar la moqueta a fuerza de martillo y escoplo para dejar el cemento desnudo, solo era cuestión de mantener el cemento limpio. Si el único lugar para ducharse era una manguera en el tejado, bastaba con apretar los dientes, ducharse en las horas de más sol y dar un manguerazo al suelo añadiendo un chorro generoso de lejía. Los lugares comunes de un lugar donde convive una docena de personas nunca estarán impecables, pero eso no exime de barrer el suelo cada día y fregar después.
No tolero la porquería gratuíta, la que no se limpia porque uno no quiere, no porque no pueda.
Tras dedicar ayer seis horas seguidas de trabajo, cinco litros de productos de limpieza variados y un ejército de estropajos, declaro colonizados la cocina y los dos baños de mi nueva casa. Si venís antes de que termine la tarea, siempre podremos tomar unas cervezas sentados en la bañera o con los pies metidos en el horno.
Porque aprovecho para aclarar que, como siempre, mi casa es la vuestra.
+++ Al hilo del asunto, aclaro que ya disponemos de espacio para montar el taller gratuíto de iniciación al Bondage, hacer tantos Frikiñecos como quieran vuestros sobrinos o improvisar un curso de cocina con exhaustiva cata final.
Por otro lado, cualquiera que tenga ganas de empuñar una sierra de calar, una máquina de coser o una lijadora, tiene en mi salón la oportunidad de ser tan creativo como quiera, ya que dispongo de muebles viejos que piden a gritos una reinvención. Esta casa se alquiló con la premisa de que las manualidades, el bricolaje y cualquier otra forma de triscar con materiales diversos a ver qué sale, no solo es bienvenida sino deseada.
+++ En breve, mercadillo de ropa de segunda mano en el despacho, para chicas con tallas 38 y 40. Os tendré informadas.
+++ Tengo paredes de sobra y un arsenal de tizas de colores, alguien se anima a dibujar un mural?